Un madrileño descubre la felicidad entre los más pobres de Etiopía

frannnEl protagonista de esta noticia hace una semana estaba cogiendo un vuelo desde Adís Abeba (Etiopía) a su Madrid natal. Tras pasar en el país africano cuatro meses colaborando en distintos proyectos misioneros, Francisco Fernández, ingeniero industrial y de 26 años de edad, vuelve a casa con una visión distinta de la vida y habiendo alcanzado la felicidad entre los más pobres. En la frontera con Somalia, donde ayudó en la misión del sacerdote español Christopher Hartley Sartorius durante un mes y medio, o las casas de las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta en Dire Dawa y Kibre Menghist, en las que colaboró más de dos meses, han sido sus hogares todo este tiempo.

“Al principio pensé que era una gran oportunidad la idea de ir a África de forma distinta a la de ir de turismo, podría involucrarme con la sociedad y ayudar, aunque sin entrar en nada que realmente me tocara. Pero una vez que se cumplió el tiempo de nuestro viaje decidí que tenía que quedarme porque había un deseo de servicio muy grande dentro de mí”, comenta Francisco mientras posa en la mesa un vaso de café que le recuerda a los que tomaba en Etiopía. El joven madrileño viajó hasta el país africano con nueve jóvenes voluntarios más, de distintas partes de España, y una vez allí acordó prorrogar su estancia hasta que un nuevo visado se lo permitiera.

En la frontera del islamismo
Durante su estancia en la frontera con Somalia, en un poblado al sur de Etiopía, el joven dedicó su tiempo a atender a los niños más necesitados y a construir el colegio de la misión. “He descubierto que se puede ser la persona más feliz haciendo las tareas más normales del mundo. Me emociona ver que en el servicio a los demás sale lo más puro que hay dentro de mí. Es una experiencia que recomendaría a todo el mundo, aunque no haga falta irse tan lejos”, afirma Fernández. “En la misión del padre Christopher organizábamos campamentos con los niños y les enseñábamos distintas materias y manualidades. Muchos eran analfabetos y a las niñas les quedaba poco tiempo para casarse, en esos lugares la mujer no tiene ningún valor”, relata a Mirada21.es.

En un territorio como España de extensión apenas 230.000 católicos conviven con ortodoxos, musulmanes y protestantes. “En la zona en la que estaba la misión del padre solo había cinco católicos. Un médico religioso que estaba con nosotros nos contó que un musulmán al que atendía le dijo que no le gustaba su cruz y que ellos estuvieran allí”, comenta Francisco sobre la tensa convivencia con los musulmanes. El Ejército está omnipresente en este territorio fronterizo en el que los radicales a menudo se hacen notar. “Los somalíes que viven en esta zona muchos son nómadas y les da igual el país al que pertenecen, solo quieren vivir. Son gente bastante reservada. Mientras los etíopes a la media hora de conocerte te decían que te querían, a ellos les costaba más”, afirma.

La relación con las Misioneras de la Caridad nunca la olvidará el joven voluntario. “Con las hermanas íbamos a misa por la mañana y después trabajábamos en la casa ayudando a los enfermos mentales y tuberculosos. En total serían unas 400 personas. Pasaba las mañanas cortándoles el pelo, las uñas y ayudando en la enfermería en lo que se necesitara. Por las tardes acompañaba a los enfermos de polio que no se podían mover”, comenta Francisco. La orden fundada por la Madre Teresa de Calcuta tiene 17 casas en Etiopía que utilizan para atender a gente con diferentes enfermedades y dificultades económicas.

“A 20 kilómetros de la casa de las Misioneras, en Kibre Menghist, uno de los religiosos combonianos que iban a celebrarles la misa nos llevó hasta una de las 12 capillas que atienden por la zona. La música era impresionante y verlos tan pobres te hacía preguntarte qué debían sentir para acudir hasta aquel lugar tan miserable”, relata Francisco. Además, añade: “Los católicos de allí me impresionan, viven su fe sin tener apenas sacramentos y sin una formación mínima sobre el cristianismo. Yo en esa situación, seguramente, me hubiera cansado y lo habría abandonado todo”.

La unión: el tesoro de los pobres
La crisis en estos lugares no es cíclica, es permanente. “Me llamaba la atención el contraste en las ciudades, una vez vi un enorme cartel del Iphone 6 y debajo varios hombres durmiendo en el suelo”, afirma sorprendido. Para el joven, la familiaridad es lo poco que tiene esta gente. “En España salimos a la calle, nos ponemos los cascos y nos da igual el resto. El que tiene de todo no necesita de nadie, se basta a sí mismo, pero el pobre no puede disimular y eso les hace ayudarse unos a otros”, relata el madrileño. “Allí la gente no puede deprimirse, cuando ves que tu hijo llora porque tiene hambre haces lo imposible. No he visto nunca tanta fuerza como en esas madres luchando por sus hijos”, asegura a este medio.

Las metas a las que aspiran los habitantes de estos lugares son proporcionales a su modesta forma de vida. “La única aspiración es no pasar hambre, casarse, poner una tiendecita y tener hijos. He descubierto que pueden estar contentos aun preocupándose por los suyos. Muchas veces cuantas menos necesidades tienes que satisfacer es más facil ser feliz”, comenta Francisco. La mayoría de los 94 millones de etíopes se dedica a la ganadería y a la agricultura. Parte de la población infantil trabaja colaborando con la economía familiar a pesar de estar prohibido.

“La gente relaciona Iglesia Católica con ayuda y cuando la reciben desaparecen. Los misioneros no solo van ayudar sino que principalmente van a dar a conocer a Jesús”, comenta el joven. Para el voluntario, el misionero ha de fundirse con la misión en la que vive. “Cuando me enteré de que los misioneros españoles con ébola no se habían vuelto hasta contagiarse pensé que eso solo se podía hacer porque amaban lo que hacían y que nada los podría separar. Si cuando llegan los problemas uno piensa que solo ha ido a ayudar se crea una diferencia de la que esa gente se da cuenta. Pero si ven que llevan junto a ellos las dificultades se preguntan por qué lo hacen y cuál es la fuerza que les mueve. Que no es otra que su fe en Dios”, asegura.

“Antes de ir allí nunca me había planteado que alguien pudiera dejarlo todo para ayudar a los más necesitados, eso eran cosas de la Iglesia. Mis objetivos en la vida se iban cumpliendo, acabé la carrera una semana antes de viajar, pero me daba cuenta de que necesitaba una meta mayor. Cuando pienso todo el día en mí, al final hago cualquier tontería para intentar ser feliz. Todo el mundo en el fondo, aunque lo trate de esconder, tiene un deseo de servir a los demás. Que se pueda ver que servir al resto ayuda principalmente a uno mismo es algo bueno para todos”, concluye este joven para el que nunca cuatro meses de su vida le habían marcado tanto.

(Leer original aquí) #Mirada21

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