De Madrid al cielo

pablo3Pablo, Celia y Bruno podrían ser una familia española como otra cualquiera de no ser porque viven en la que, según la ONU, es la ciudad, mayor de 50.000 habitantes, más alta del mundo. Este madrileño junto a su mujer, de origen francés, tienen un hijo de tan solo seis meses y desde hace ocho viven en la ciudad peruana de Cerro de Pasco, a 4.380 metros sobre el nivel del mar. Son las ocho de la tarde, hora peninsular española, cuando una videoconferencia permite contactar con los protagonistas de la siguiente historia. Gracias a las nuevas tecnologías, el lector puede viajar hasta una ciudad de los Andes, a más de 9.300 kilómetros de distancia, donde reside esta familia de altos vuelos.

Pablo, topógrafo de profesión, tuvo que viajar hasta Perú el pasado febrero para trabajar en una constructora española que realiza las infraestructuras de la ciudad. A este padre de familia le siguió su mujer un mes después, tras dar a luz en Madrid a su primer hijo. “Nos dedicamos a llevar agua potable de una laguna a barrios donde solo hay suministro tres horas a la semana. También ponemos el alcantarillado en zonas en las que, hasta ahora, la gente hacía sus necesidades en el campo”, comenta Pablo a Mirada21 mientras enciende un cigarrillo con uno de los pocos mecheros que funcionan allá arriba.

Lasha, en el Himalaya, o El Alto, en el altiplano boliviano, miran desde abajo a Cerro de Pasco. Fundada por los españoles en el siglo XVI, esta ciudad de más de 70.000 habitantes debe su existencia a las fructíferas minas que hay bajo su suelo. El centro histórico ha sido absorbido por la mina, las calles de la ciudad están llenas de baches, en algunos barrios la luz eléctrica brilla por su ausencia y las casas de ladrillo visto dan la sensación de que en este lugar la estética es un lujo. La mina, la más alta del mundo a cielo abierto, es el principal motor de la ciudad, sin la cual esta no existiría. El cobre o el cinc que se extraen de ella la convierten en un caramelo para las empresas del sector.

El termómetro de la casa marca seis grados cuando Pablo exclama: “Aquí nunca se descansa del frío”. Las temperaturas en Cerro de Pasco no es raro que desciendan hasta los trece grados bajo cero en los meses más fríos. Durante el día suele nevar, llover y granizar, que unido a un mal aislamiento de las casas hacen especialmente dura la subsistencia. La casa familiar se encuentra en un tercer piso, para acceder a ella se consumen las energías de un atleta de maratón. “Al principio te duele mucho la cabeza y no puedes dormir del dolor. Los primeros dos meses se me hinchaba la mano derecha”, comenta el marido de Celia sobre las consecuencias del frío.

Condiciones de vida extremas
En la ciudad apenas hay agua caliente, la gente se ducha una vez a la semana en las saunas públicas. Para superar esta dificultad, la ducha de Pablo y Celia tiene un rudimentario calentador eléctrico, que utilizan con cuidado para no electrocutarse. “Nada más llegar aquí, en el hotel, pasábamos frío hasta dentro de la cama con bolsas de agua caliente. Comíamos dentro del restaurante con el abrigo puesto. Aquí no hay árboles ni crece nada. Un día le pregunté a una mujer que venía con un saco de patatas qué donde las cultivaba y con pena me dijo: pobre hijita, acá no crece nada”, comenta Celia.

La presión atmosférica es un componente a tener en cuenta si no se quiere que esta juegue malas pasadas. “Cada vez que abro una lata de Coca-Cola me pongo perdida porque el líquido sale disparado de la presión. Al jefe de Pablo, por ejemplo, le salió disparada la bola del desodorante”, relata Celia entre risas mientras Bruno se entretiene con uno de los pocos juguetes que se pueden comprar allí. Pablo, añade: “las estufas de butano no funcionan si no abres la ventana para que entre el oxígeno, pero lo peor es que sin una olla a presión las legumbres no se cocinan, el agua se evapora antes de calentarse”.

Es la una de la tarde y la familia se prepara para comer. La vida de un ama de casa en Cerro de Pasco es muy monótona, por las mañanas va al mercado a comprar carne de llama, hierbas y los productos más básicos. “En esta ciudad no hay ninguna diversión. Los jóvenes van a los mini cines, que son un cuarto con una tele y un DVD para ver películas. Me sorprende que me pregunten por la calle si soy turista porque aquí no hay nada que hacer. Lo único es un tren de mercancías en el que caben unos pocos pasajeros, la gente viene exclusivamente a cogerlo porque es el más alto del mundo”, relata Celia, una francesa que cambió su Burdeos natal por una ciudad de los Andes.

Las creencias populares en este lugar a menudo chocan con la medicina más convencional. A los niños se les pone un lazo rojo en la muñeca para espantar el mal de ojo o son llevados a santeros que les pasarán por el cuerpo una especie de rata muerta autóctona para curarlos. Los hospitales en Cerro de Pasco están mal equipados. El médico, al que llaman a su casa cuando es necesario o viene desde la capital cuando es algo más grave, recibe con el abrigo y el gorro puesto. “Aquí todo se paga, la última consulta eran 55 nuevos soles (15 euros) y tuvimos que llevar hasta la manguerita para el oxígeno. Los médicos lo curan todo con inyecciones”, asegura Celia que hace poco tuvo que acudir al hospital.
Estar juntos es suficiente
“El primer día pensé que no se iba a poder vivir aquí. Siempre he dicho que después de esto puedo ir a cualquier sitio pero ahora no sé si le he cogido cariño. En otra obra de mi empresa intentaron secuestrar a un trabajador, aquí es una ciudad segura y no pasan esas cosas”, se consuela Pablo mientras le hace carantoñas al bebé. “Las mujeres en el mercado me piden que les regale sus ojos, le dicen muchos piropos. Estuve dos semanas llevándome regalos a casa para él, primero se me acercaba una mujer, luego otra y así hasta 20 para hacerle mimos”, relata a este medio una madre orgullosa de su hijo.

Las comunicaciones dejan mucho que desear. “La compañía en la que viajamos compró 40 autobuses y ya solo le quedan seis. Las carreteras son tan malas que vamos saltando las ocho horas que tardamos en ir hasta Lima. Preferimos viajar de noche porque hay menos tráfico, aunque las curvas y lo rápido que conducen sigue siendo igual”, comenta Pablo indignado. La cobertura de autobuses hasta la capital es bastante fluida para dar servicio a los mineros que son de fuera. La ciudad más cercana a Cerro de Pasco está a dos horas y media de camino, para llegar hasta allí viajan en “colectivos”, una especie de taxis compartidos. “La última vez fuimos con dos borrachos, la policía nos paró y entonces uno de ellos sacó 20 soles (5,50 euros) y el policía nos dejó seguir”, comenta Celia dejando entrever la corrupción que hay en la zona.

En las pasadas elecciones regionales, el actual presidente ganó desde la cárcel. El poder real, en cambio, reside en las comunidades de vecinos. “Hoy tuvimos que reunirnos con los ancianos de un pueblo para que aprobaran que las tuberías del agua pasasen por sus tierras. Si hubieran dicho que no, el agua no llegaría a sus casas”, comenta el marido de Celia. La vida en esta ciudad es parecida a la del resto de pueblos de alrededor. Las mujeres elaboran prendas con lana de llama, alpaca y vicuña. “La gente está siempre oyendo música y sonriendo, a pesar de no tener muchas cosas. Los sábados comen “caldo de cabeza” en el restaurante y en las fiestas desfilan al ritmo de las orquestas”, dice la madre. El mate de coca es la infusión estrella, que los pasqueños utilizan para combatir el mal de altura.

“Me gustaría poder salir a tomar algo a una terracita, la gente de aquí es adorable pero se extraña la familia. Algunas veces nos juntamos los españoles de la empresa y hacemos un cocido o una tortilla de patatas, el aceite de oliva se compra en la farmacia”, exclama Celia. En esta familia, las ganas de arrojar la toalla aparecen de vez en cuando. Su fe en Dios les sostiene cada día. “Cuando Bruno se pone malo tenemos ganas de volvernos. Ayer miraba por el balcón toda la pobreza y sentí una ola de felicidad pensando que aquello era mi hogar. A pesar de todas las incomodidades, el estar los tres juntos nos basta para ser felices. Solo espero que Bruno sea un gran nadador, con los pulmones que tiene”, concluye la madre de una familia que hizo suyo el lema “de Madrid al cielo”.

(Leer original aquí) #Mirada21

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