México’86, terremoto con epicentro en Lanús

Maradona, a la izquierda, posa como mariachi

Maradona (izq) posa de mariachi

El jueves 19 de septiembre de 1985 a las 07:17:47, hora local, un terremoto de 8.1, en la escala Richter, sacudía Ciudad de México. Cerca de 20.000 personas morían y cientos de edificios quedaban destruidos. Una profunda crisis humanitaria agravaba la, ya de por sí, difícil coyuntura política, económica y social del país. No obstante, al complejo panorama habría que añadir una nueva contrariedad. El 20 de mayo de 1983, al renunciar Colombia a la organización de la Copa Mundial de Fútbol de 1986, la FIFA designaba al país azteca como sede de la XIII edición del torneo más importante de selecciones. Un mar de dudas se cernía así sobre la candidatura mexicana. A un año de la celebración del campeonato, las autoridades eran bastante cuestionadas.

Sin que apenas sufrieran daño las instalaciones previstas para el mundial, el país se sobreponía a la desgracia y era capaz de organizar uno de los mejores campeonatos que se recuerdan. Sin embargo, cuando aquel 19 de septiembre, del que pronto se cumplirán 30 años, la tierra rugió llevándose por delante las esperanzas de miles de compatriotas, ningún mexicano sospechaba que meses después sufrirían un nuevo seísmo. Esta vez la incontrolable fuerza de la naturaleza no solo no provocaría ningún daño, sino que haría las delicias de los aficionados. El epicentro de este singular terremoto estaba situado en Lanús (Argentina), la intensidad era de 60 metros en 10 segundos y de cinco rivales preguntándose por dónde pasó.

El país, lacerado un año antes, estaba a punto de resarcir su dolor. México sería testigo, en primera persona, de uno de los momentos más importantes de la historia del fútbol. Cuando la tricolor debutaba contra Bélgica, el 3 de junio de 1986, nadie imaginaba que el gran ídolo local, Hugo Sánchez, pasaría a un segundo plano por culpa de las hazañas de otro jugador. De apenas 1,67 metros de estatura, y apodado El Pelusa, este genial a la par que díscolo fútbolista iba a realizar una de las mejores actuaciones individuales en un campeonato del mundo y a sellar su candidatura para ser el mejor de todos los tiempos. Con cinco goles en el torneo, dos de ellos memorables, Diego Armando Maradona conseguía para Argentina el ansiado mundial, y, lo que es más importante, convertir un deporte colectivo en un asunto meramente personal.

Son muchas las voces que hoy pretenden igualar al argentino con advenedizos que salen a fracaso por mundial. Solo citar a Jordan, Bryant, Woods o Federer, grandes figuras de la historia del deporte que se caracterizan por tener un denominador común; cuando las musas descienden (y a ellos les apetece) no importa el rival y, en algunos casos, dan igual hasta los compañeros. De esta forma, para decir Maradona no hace falta nombrar a una serie de acólitos sin los cuales no hubiera ganado nada. Al Pibe se le nombra solo, no le hacen falta latiguillos ni subordinadas. Decir Diego es decir genialidad, es decir aquel jugador que fue capaz de llevarse (con un equipo de Serie B) dos ligas italianas y una Copa de la UEFA, es decir aquel jugador que metió un gol con la mano en los cuartos de final de un mundial y, a los cuatro minutos (por si quedaba alguna duda) otro, arrancando a 60 metros de la portería rival. El trono de Maradona está vacante. Que pase el siguiente, ¿quién da la vez?

Julio 2015 – Guadalajara (México)

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