…México en una laguna!

mexico 2Son las siete de la tarde cuando mi avión aterriza en Ciudad de México. Desde la ventanilla veo caer una fina lluvia que cubre todo sin hacer distinción. Algo anecdótico, de no ser porque el único aeropuerto comercial de la ciudad más poblada del mundo solo tiene dos pistas para despegar y aterrizar. Cuando no son los aguaceros es un pinchazo en el avión presidencial el que provoca un incómodo retraso a muchos de los 33 millones de viajeros que cada año pasan por el aeródromo de la capital. Mientras persigo con los dedos dos gotas de agua que terminan por fundirse en el cristal, un hombre, unos asientos más allá, apura el último trago de un tequila a palo seco. Sorprendido leo en una guía que el primer consumidor del mundo de esta bebida es Estados Unidos. De los 22 millones de cajas que se producen al año en México, la mitad viajan al país vecino y solo ocho se quedan en territorio nacional. DSC_0596

En unas máquinas, situadas en el interior de la terminal, se puede comprar, por 40 pesos (2,24 €), una tajeta de metrobús con la que poder llegar hasta el centro de la ciudad. En el camión (autobús) voy mirando, en unas pantallas que cuelgan del techo, las paradas que quedan para llegar a mi destino. Entre recorrido y recorrido, los monitores ofrecen los rostros de gente desaparecida. Fulanito, nacido en el año…, visto por última vez en la calle…, se puede leer. Tras unos momentos de perplejidad, concluyo que la sinceridad es la mejor manera de tratar al turista. Los guardias de seguridad, con movilidad reducida, tampoco me dan la sensación de estar demasiado protegido. En el exterior, el ruido de la lluvia se solapa con el de las bocinas de los coches. Sin querer, participo de la primera gran tradición del DF; su tráfico. caa

Coches con complejo de moto se introducen por espacios inverosímiles, mientras personas con complejo de coche zigzaguean por la calzada sin importarles lo que pueda ocurrir con sus vidas. La noche se echa en el DF y de un trayecto que duraría, en condiciones normales, 40 minutos, el intenso tráfico lo convierte en una hora y media. Al llegar al lugar en el que dormiré, durante mi estancia en esta ciudad, decido acostarme, a la mañana siguiente me espera Teotihuacan (el lugar donde los hombres se convierten en dioses). El viaje hasta la ciudad prehispánica más importante de mesoamérica resulta bastante cansado, a pesar de estar a tan solo 45 kilómetros de la capital. En la central camionera del norte se puede coger un destartalado autobús que, después de dos horas y decenas de pueblos recorridos, te deja en la puerta de las ruinas más visitadas del país. DSC_0856

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, Teotihuacan es, con dos millones y medio de turistas al año, el tercer lugar arqueológico más visitado del mundo, después de Guizeh, en Egipto y el Coliseo Romano. El privilegiado que llega hasta estas ruinas pronto queda maravillado por la desmesura y buen estado de conservación de sus edificios. En la Calzada de los Muertos, el eje central de la ciudad, aprovecho para sacar alguna fotografía mientras un grupo de vendedores hace sonar un extraño instrumento que simula el rugido de un jaguar. Las pirámides del Sol y de la Luna, la principal atracción del complejo, cuentan con cuerdas por las que acceder hasta la cúspide. Con el debido vértigo y la correspondiente fatiga subo, por unas empinadas escaleras, hasta lo más alto. Maravillado por las vistas, descubro lo insignificante que somos cuando alguien nos mira desde arriba y la grandiosidad que podemos alcanzar con el trabajo de nuestras propias manos.

DSC_0702Al llegar la tarde regreso a la ciudad y me dirijo a conocer su casco histórico. La Torre Latinoamericana se cruza en mi camino y, para no hacerle un feo, decido subir hasta su piso 44, donde podré hacerme una idea de cómo se organiza la capital. El edificio, inspirado en el Empire State Building de Nueva York, se construyó en el año 1956 y llegó a ser uno de los rascacielos más altos de América. Las vistas desde allá arriba son bastante buenas y los barrios del centro se pueden apreciar a vista de pájaro. La Calle Madero, una de las vías que dan acceso a la torre, es perfecta para realizar alguna compra y poder comer algo en un restaurante típico. Los numerosos vendedores ambulantes y músicos callejeros ofrecen un ambiente muy interesante a la que es, sin duda, la gran antesala del lugar más importante del DF. DSC_0915[1]

La Plaza de la Constitución, conocida popularmente como El Zócalo, es el punto ideal desde el que poder observar la reciente historia de México. Los edificios que conforman la plaza son singulares y de gran relevancia, y de entre ellos destaca el Palacio Nacional (sede del Poder Ejecutivo Federal), el Edificio de Gobierno (sede del Poder Ejecutivo local) y la Catedral Metropolitana. Esta última, mandada construir por Carlos V, se cimentaba, hasta hace poco, sobre 28.000 troncos de madera. Y es que, resulta milagroso que esta construcción, y como ella muchas otras de la ciudad, siga todavía en pie. La actividad sísmica y, sobre todo, como cantaba Jorge Negrete (y reza el título de esta entrada), la laguna sobre la que se asienta la capital, son las dos grandes amenazas que hoy afronta el casco histórico del DF. La antigua basílica de Guadalupe es un ejemplo del estrecho margen que puede haber entre lo que sería un simple edificio y un trozo de plastilina moldeado por las manos de un niño. DSC_0904

El templo de la patrona de México es un lugar con vida propia, que visitan cerca de 20 millones de peregrinos cada año. En la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, terminada en el año 1976, se encuentra la tilma de San Juan Diego. Una tela que tiene la imagen de la Virgen plasmada y que el visitante puede observar desde unos curiosos pasillos mecánicos, diseñados para aligerar el flujo de turistas. El Templo Expiatorio a Cristo Rey, o antigua basílica de Guadalupe, se sitúa a escasos metros y en su arquitectura se puede observar los estragos que causa el inmenso lodazal en el que se asienta la capital. La fachada, totalmente ondulada, y el interior del templo, que provoca cierta sensación de mareo, dan fe de todo ello. Tras saludar a la Virgen; me dirijo a Coyoacán. El residencial barrio donde vivieron, durante el siglo pasado, artistas de la talla de Diego Rivera, Frida Khalo o el político ruso Leon Trotsky. DSC_1001

El mejor medio de transporte para llegar a Coyoacán y, en general, para moverse por el DF es el metro, uno de los suburbanos más eficientes del mundo. El viajero que decide coger algunas de sus 12 líneas pronto será testigo de una inolvidable experiencia. Pasillos repletos de puestos de comida o vagones en los que puedes comprar desde un disco de música hasta una maquinilla de afeitar son algunas de las peculiaridades con las que uno se puede encontrar. Sin embargo, unos carteles que anuncian que cualquier viajero del metro cuenta con seguro de vida es lo que más conciencia crea de que no nos encontramos en el primer mundo. La línea dos de metro me deja a unas pocas calles de La casa azul, el nido de amor que compartieron Rivera y Khalo durante sus años de matrimonio. En el exterior de la casa-museo una cola, formada casi íntegramente por extranjeros, demuestra la repercusión mundial que llegaron a alcanzar los dos artistas mexicanos. A unas manzanas de este lugar se levanta el que fuera hogar de Trotsky. En el edificio, pintado de rojo y que se mantiene como entonces, se puede ver el rudimentario sistema de fortificación con el que contaba para impedir que se produjeran atentados. A pesar de ello, el 21 de agosto, de hace 75 años, Leon Trotsky era asesinado en su casa a manos de un espía soviético.2015-07-26 16.30.40

Antes de marcharme de Coyoacán decido comer algo en un centro comercial. Todas las puertas del edificio se encuentran flanqueadas por un policía, metralleta en mano. Algo sorprendente para un europeo poco acostumbrado, pero comprensible si se tienen en cuenta los 22.322 desaparecidos que hubo en México durante los últimos tres años. Aunque no todo lo que ocurre en el país es tan catastrofista como muestran los medios, sí es cierto que el viajero tiene la sensación de estar inmerso en una calma tensa que puede romperse en cualquier momento. Ya en el centro de la ciudad me dirijo hacia la Plaza de Santo Domingo, donde he escuchado que todavía quedan amanuenses que redactan cartas a los que no saben escribir. Sin embargo, un despliegue policial, nunca antes visto, me lo va a impedir. Camino por la céntrica Avenida Juárez cuando veo que cada dos metros hay un guardia apostado en los edificios. Intrigado sigo andando hasta la Alameda Central y me doy de bruces con un centenar de antidisturbios preparados para actuar. Parece que algo va a ocurrir, mientras la gente, acostumbrada ya, sigue con sus quehaceres cotidianos. Entonces, llego hasta una rotonda donde un gran memorial recuerda a los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Hoy, 26 de julio, se cumplen 10 meses de su desaparición.

*Una semana después de mi estancia en el DF aparecía muerto el fotoperiodista local Rubén Espinosa.

Agosto 2015- Ciudad de México (México)

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