La pana por los Levi’s

7223170034_ec19842311_zUn proverbio africano dice que la muerte de un anciano es como una biblioteca que se quema. En estas fechas cercanas a la Navidad, me gustaría escribir unas líneas a todos esos mayores olvidados por la sociedad. A todos esos ancianos a los que nadie envía un mísero turrón, porque no piensan comprar un coche nuevo o mover del banco su pensión. A todos esos mayores a los que ya nadie pide ningún enchufe, porque llevan demasiado tiempo sin trabajar. A todos esos viejecillos a los que ni siquiera les llegan christmas en serie del dueño de El Corte Inglés. A todos esas personas no productivas de la sociedad. A todos los que no son útiles para el Estado. A todos aquellos que lo único que hacen es generar gastos a la Seguridad Social.

Son las ocho de la tarde en Madrid cuando paso por delante de una residencia de ancianos. Allí están ellos, expuestos en fila al otro lado del escaparate. Como maniquíes de unas vidas que pasaron de moda. Detrás del mostrador, agarrados a una pegatina a punto de caducar. Aparcados como coches en el Salón del Automóvil Vintage. Arrinconados como trofeos de una guerra que cuentan una y otra vez a los que les dan de comer. Allí están, dependientes, achacosos, temerosos, melancólicos… con un pulso que en otro tiempo eran capaces de controlar. Los veo a través del cristal y pienso: ¿qué hemos hecho con nuestros mayores? Entonces la mente me lleva al viejo masái, al que reúne a los sabios para tratar los problemas de la comunidad. Pero no, estamos en Occidente. Aquí el que no produce no tiene derechos, ningún derecho.

El Papa Francisco la ha definido, acertadamente, como la cultura del descarte. Yo la llamaría, más bien, de Descartes: produzco, luego existo. Vivimos en una sociedad cuyo primer mandamiento es producir sobre todas las cosas y consumir al prójimo como a ti mismo. ¿El segundo?, es igual a este. Hay que trabajar, trabajar y trabajar para poder consumir, consumir y consumir. Todo lo que no cumpla esta máxima carece de sentido y, además, es una pérdida de tiempo. Ancianos, mendigos, discapacitados… ¡fuera! El mundo debe pertenecer a los jóvenes, a los capaces, a los que generan (y degeneran). Instauremos una efebocracia, dicen unos. Un joven, un voto, dicen otros. Que la moda ahora son los Riveras, los Iglesias y las levys. Eso, ¡cambiemos la pana por los Levi’s!

La canas ya no se llevan en ningún canal. ¡Que todo huela a Nenuco! La guapa de turno se ha hecho mayor y no repite temporada. La Blanco se tiñe el pelo blanco y en los periódicos alguno es más joven que la noticia que redacta. El Pequeño Nicolás se presenta al Senado y todavía no ha hecho ni siquiera la primera comunión. Señores, hay que parar este despropósito. Que en 2050 el 36% de la población será gente mayor. No tiremos piedras contra nuestro tejado. ¿No sería mejor hacer con ellos lo que nos gustaría que hicieran con nosotros? Lao Tse nació a los 72 años de gestación, porque la sabiduría no te la da controlar una aplicación. Detengámonos y miremos las arrugas de nuestros mayores. Bebamos de los surcos por donde discurre la savia de la vida. Los ancianos nos recuerdan lo que fuimos como pueblo, nos enseñan lo que somos como personas y anticipan lo que seremos como civilización. Levantemos la cerviz hacia los que ya se doblan, que mirar a los ancianos nos hace más humanos.

Leer original en Mirada21

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