Se apaga una estrella, nace una leyenda

kobe_notCorría el año 2000 cuando nos conocimos. Fue un encuentro casual y un tanto aséptico, él lanzaba a canasta y yo trasnochaba para verlo por televisión. Tumbado en el frío suelo del salón, y con una almohada bajo el mentón, veía correr a un grupo de gigantes que intentaba introducir una pelota naranja por un aro de metal. Apenas sabía en qué consistía ese extraño deporte, pero los malabares que ejecutaban me recordaban a las mejores tardes de circo con mi padre. La noche tenía pinta de ser corta. Los accesos de sueño me invadían cada cierto tiempo y solo unos enloquecidos comentaristas conseguían despertarme del cruel letargo. ¡Tripleee de…! ¡Mateee de…! Los narradores se desgañitaban con el juego de un tipo al que apodaban con el nombre de una clase de serpiente. Su equipo jugaba el sexto partido de las series finales de la liga americana de baloncesto. Doce minutos y sería campeón.

Nunca terminaría de ver aquel partido. El sueño había decidido batirse en duelo, y quiso descabellarme como a un toro que se resiste a morir. A la mañana siguiente, sin recordar muy bien lo que había ocurrido por la noche, una imagen había quedado marcada para siempre en mi memoria. Era la de un jugador de baloncesto que hacía cosas imposibles con la pelota. El tiempo pasaba y cada vez que jugaba ese hombre rememoraba la primera vez frente al televisor. En 2014, después de atravesar ocho husos horarios y 9.000 kilómetros, me planté en su casa. Soñaba con verlo. Recorrí océanos, montañas y desiertos. Sin embargo, el destino tenía decidido que no lo iba a encontrar. En Laguna Beach, donde escuché que vivía, no me lo crucé. Visité cientos de las típicas canchas de barrio y allí no estaba. Compré unas entradas para su equipo y no se presentó. Despechado. Como el devoto que peregrina al fin del mundo, comprendí que la fe en un Dios que se puede tocar no es fe sino tacto.

Hace unos meses, los amantes del baloncesto conocíamos que la mamba negra anunciaba su retirada. Aquel mago del balón, que marcó mi infancia, había decidido que esta sería su última temporada. Aquel jugador que fue capaz de contrarrestar la grandeza del mítico Reggie Miller, en mi primer partido de baloncesto. Aquel genio que logró meter 81 puntos, en un solo partido. Aquel magnate de los aros que actualmente es el tercer máximo anotador de la historia de la NBA. Aquel señor de los anillos que ha llevado a su equipo, Los Angeles Lakers, hasta la gloria en cinco ocasiones. Aquel maestro que, junto con Karl Malone, es el que más veces ha formado parte del quinteto ideal del campeonato. Aquel ser superior capaz de promediar 40, o más, puntos por partido durante un mes entero, en dos ocasiones diferentes. Sí, aquel hombre llamado Kobe, y apellidado Bryant, nos deja huérfanos. Pronto se apagará una estrella y nacerá una leyenda.

El próximo 14 de febrero, en el Air Canada Centre de Toronto, el congreso de estrellas de la NBA se reunirá para despedir a una de la suyas y a la que, sin duda, más ha conseguido brillar. Cuando dentro de unos años sus señorías Lowry, Wade, James, George, Anthony, Wall, Thomas, Butler, De Rozan, Millsap, Bosh, Drummond, Curry, Westbrook, Durant, Leonard, Paul, Harden, Thompson, Green, Davis, Aldridge y Cousins cobren la jubilación podrán enseñar a sus nietos la foto con el segundo jugador que más veces ha participado en un All Star y el primero en llegar a los 30 millones de votos en su elección. Se va el hombre que fue capaz de convertir un deporte en un arte, y ,en su honor, esa noche, miles de parejas de todo el mundo se regalarán anillos, haciéndonos creer que es por San Valentín. Escribo estas líneas, mientras contemplo emocionado su camiseta colgada de la pared (y pensar, qué hubiera pasado, si al intentar comprar mi hermana la de Kofi Annan, le hubieran dado la de la ONU y no la de mi Kobe Bryant). ¡Gracias por todo maestro!

Leer original en Mirada21

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