Cenefas y butrones

TRUMANHoms (Siria). Enero de 2016. Un moderno cachivache, al que llaman dron, planea por una gigantesca ciudad en ruinas. La pequeña cámara que lleva incorporada graba edificios destartalados a los que solo les queda el esqueleto, campos de fútbol regados de ojivas y minaretes hechos trizas que han dejado de mirar hacia La Meca. Hace unos días quedé impresionado por unas sobrecogedoras imágenes en las que la guerra se mostraba tal y como es, cruda, fría, sin trampa ni cartón. Fueron tres minutos de desaliento, que pesaron sobre mí como si hubieran sido tres décadas. Tras el impacto inicial, mis ojos se fueron acostumbrando a lo que veían y mi cerebro logró procesar toda la información. Medité un rato, y llegué a la conclusión de que, aunque fuera terrible, aquella montaña de escombros conservaba un inconfundible rastro de humanidad. Allí no había personas, es cierto, todo era desolación. Sin embargo, se dejaba sentir un cierto halo de hombre, de hombre fracasado, pero, en cualquier caso, de ser humano.

Nací y crecí en una ciudad de eso que llaman los cursis el tercer mundo, en la que como en Homs, salvando las distancias, tampoco se podía disimular demasiado la estela que dejamos por este valle de lágrimas. Calles atestadas de puestecillos ambulantes. Coches que escalaban las aceras para adelantarse unos a otros. Casas desvencijadas, donde la ropa limpia colgaba de cables piratas de televisión. Niños descalzos y mugrientos, que jugaban a sortear alcantarillas a cielo abierto. Me crié en uno de esos lugares del mundo en los que la estética es sinónimo de fruslería y la mampostería no forma parte de la ética. Me crié en una porción de tierra en la que las cenefas se utilizaban para tapar butrones y los estores seguían siendo de tela, y se llamaban cortinas. Me crié en un pueblo en el que las vivencias, y supervivencias, de los hombres estaban por encima de las ordenanzas que prohíben sacar la basura los días pares o tirar del inodoro al hacerse de noche. Me crié en una tierra pobre, pero, sobre todo, humana, muy humana.

Les confesaré que creo en el hombre, tanto como se puede creer en el sistema métrico decimal. Sin embargo, también les diré que siempre me ha interesado su forma de vida desde que existe. Dónde habitaba, cómo lo hacía, con quiénes, cuáles eran sus aspiraciones, en qué creía… Y por eso, llegados a este punto, mi obligación es advertir de que Occidente se ha instalado en el más profundo postureo. Vivimos en un mundo irreal, que diría Aladdín. El Show de Truman, a nuestro lado, no es más que una mentira piadosa. No existen destellos de humanidad por ninguna parte. Las ciudades han perdido su alma, las calles son abúlicas y las casas han dejado de ser hogares, da igual que el césped siga asombrando a su dueño cada mañana, lo importante es que este dedique su jubilación por entera a darle la altura precisa que alcance la perfección. Vivimos en un mundo de juguetería, de chapa y pintura. Lo material no está para uso y disfrute del hombre, sino al revés. Las casas parecen museos, se miran pero no se tocan, y en algunas ya cuelgan carteles que prohiben la entrada a seres humanos.

No hay más que viajar a Estados Unidos y detenerse a mirar uno de esos típicos chalés con su porción de jardín exquisitamente cuidado. Cada uno tiene su canasta de baloncesto, sin estrenar, colgada de la puerta del garaje. ¿Holanda? Cada casa tiene los mismos visillos y las mismas macetas, que dan la sensación de regarse solas. ¡Cuánto aburrimiento! ¿Qué han hecho con las ciudades habitadas por personas? Señoras y señores, les prometo que a mí nunca me quedará París, yo nunca iré a Copenhague ni a Estocolmo ni a Basilea, porque a mí no se me ha perdido nada en Montreal, yo me quedo con Calcuta, con poder viajar en rickshaw, de un slum a otro, me quedo con los boleros callejeros de Ciudad de México, con los talleres de curtidores en Marrakech, con los decadentes edificios coloniales de La Habana Vieja, con las casas flotantes del Titicaca, con los sacos de especias en los zocos de El Cairo, con las favelas de Río de Janeiro o la Jerusalén de Mea Shearim. Yo me quedo, sencillamente, con aquel lugar en el que parezca que vive un hombre.

*Leer original en mirada21

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