Un Eco para la eternidad

articuloecoEl despertador chilla en la oscuridad, como si sufriera un ataque de pánico. Me arreglo, corro el cerrojo de la habitación y camino hacia la planta baja del edificio. A tientas, atravieso anchos pasillos decorados con cuadros de hombres enlutados y estatuas barbudas. Abro puertas de todos los tamaños. El rocío acaricia las rosas del jardín y, en mi reloj, las agujas todavía surfean la madrugada. El tiempo se detiene y desemboco en un lugar misterioso. Mi cuerpo se paraliza y me invade el mismo sentimiento que tuvo Stendhal en Florencia. Descanso en un banco y observo el vuelo de una pareja de murciélagos. Abro el libro que me acompaña y leo: “…quiero ver esa copia en griego, probablemente realizada por un árabe, o por un español, que tú encontraste cuando, siendo ayudante de Paolo de Rimini, conseguiste que te enviaran a tu país para recoger los más bellos manuscritos del Apocalipsis en León y Castilla…”.

Han pasado cinco minutos y tengo la sensación de que ha transcurrido toda una eternidad. El espacio en el que estoy es rectangular, tiene dos alturas y en el centro hay plantado un gran ciprés. “Saeta de esperanza” y “ejemplo de delirios verticales”, lo llamaría Gerardo Diego. Sobre unos arcos de capiteles milenarios caminan en fila un grupo de encapuchados. Van en silencio y parecen llevar prisa. La imagen es sobrecogedora. Los espectros se mueven en la oscuridad de un lado para otro. Me incorporo y decido seguirlos. Al final de la galería hay una puerta, la atravieso y doy con un estancia circular coronada por una bóveda de piedra. Los hombres de antes cantan textos sagrados subidos en un estrado. Hay ancianos, jóvenes y gente de mediana edad. Todos visten la misma ropa negra. Su monodia, de oro y platino, me sirve de almohada y vuelvo a leer: “…quiero ver esa copia griega escrita sobre pergamino de tela, material entonces muy raro, que se fabricaba precisamente en Silos, cerca de tu patria, Burgos”.

El sol ya lleva un rato en lo alto, cuando me deslizo por una puerta que ha quedado entreabierta. Al otro lado del dintel, decenas de estanterías se suceden unas a otras. Miles de libros descansan, lomo con lomo, desde hace siglos en sus baldas. En el centro, unos scriptorium, repletos de herramientas para diseccionar todo tipo de legajos, sirven de mesa de operaciones para las obras más enfermas. Unos modernos flexos sustituyen a las velas. Si se le echa imaginación, se puede ver todavía la letra capitular que un amanuense, con su cálamo, acaba de colorear. Sobre un buró de madera, una obra llama la atención del intruso más despistado. Glosas Silenses, se titula. En realidad es una réplica, el original, según pone, se encuentra en la Biblioteca Británica. Es hora de marcharse de aquella máquina del tiempo. Huele a medievo y si no me doy prisa puede que me tope con un gordo ahogado en una barrica con los dedos manchados de tinta.

Era el mes de abril de 2009 cuando aterricé en Santo Domingo de Silos. Llegué sin apenas equipaje, un poco de ropa y un libro. Buscaba una copia griega escrita sobre pergamino de tela y a un monje llamado Jorge de Burgos. Las únicas referencias que tenía estaban en aquella obra que me acompañaba. En la portada se podía leer: El Nombre de la Rosa. Su autor, un italiano llamado Umberto Eco.


*El pasado viernes fallecía en su casa de Milán uno de los grandes pensadores europeos del siglo XX. Con él se fue el último hijo del Renacimiento. “Un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo” (Juan Cruz, El País).

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