El marido de Mommy

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Poema de Reagan a su mujer

Simi Valley, condado de Ventura (California). Sobre una pelada colina se levanta el memorial al cuadragésimo presidente de los Estados Unidos de América. El día es espléndido, como lo suelen ser por estas tierras cuando no le da por diluviar. Un sol desértico luce en lo alto, mientras broncea sin filtro los cuerpos de los que se dejan caer por aquel inhóspito lugar. El calendario debería indicar que es marzo de 2014, y así lo hace. Abono religiosamente los 16 dólares de la entrada y me dispongo a cumplir con un viejo sueño que, reconozco, se ha vuelto circunstancial. La fotografía de un hombre de casi dos metros de altura, caminando por una alfombra roja, me da la bienvenida. Luce un exquisito traje negro, que concuerda en género y número con una interesante y barrada corbata blanquiazul. Pañuelo en el bolsillo, andares de quien desembarca en la política habiendo sido actor antes que fraile, sonrisa de filia escénica y una suficiencia del que se ha criado jugando a la rayuela en el mismo Paseo de la Fama. Su nombre completo es Ronald Wilson Reagan y descansa para siempre a muy pocos metros de donde me encuentro.

El recorrido por la Library Reagan no dista mucho del que se puede hacer en cualquier museo del mundo. Una réplica exacta del Despacho Oval y un atril desde el que poder dar un discurso en el Lincoln Memorial de Washington hace trizas, en un segundo, esa afirmación. Proceso lo que veo y una envidia insana me corroe por dentro. Se me vienen a la cabeza una lista de nombres: Adolfo, Leopoldo, Felipe, José María, José Luis… Hombres que, para bien o para mal, sacrificaron parte de la vida por su país y cuyas aspiraciones se limitan hoy a defender que su nombre no desaparezca de la Wikipedia. El tiempo transcurre, y cada vez queda menos para descubrir lo más increíble jamás visto dentro de una exposición de esas características. Enfilo un pasillo rodeado de carteles electorales, una viga fundida de las Torres Gemelas, ropa de cow-boy, y recuerdos familiares de todo tipo. Dentro de una vitrina, un papel me llama la atención, no es una réplica de la Constitución americana ni de la Declaración de Independencia. Es una declaración, pero de amor, y está dedicada a una tal Mommy. Dos intensas y artesanales rosas rojas adornan su cabecera.

Camino temeroso por lo que parece ser un hangar. Delante de mí, el Air Force One, o, lo que es lo mismo, el avión del presidente de los Estados Unidos. Flipo. Alucino. El niño que los hombres llevamos dentro, cuando vemos algo que funciona a motor, aparece sin avisar. La puerta se encuentra al otro lado de donde estoy y corro hacia allá, es como si tuviera veinte años menos y divisara un tiovivo. Hago la cola, y subo a este Ryan Air tan especial. Dentro, no hay azafatas de rasca y gana ni asientos que vulneren flagrantemente la distancia de seguridad. Sin turbulencias, me dirijo hacia el despacho del hombre más importante, del país más importante del mundo. Una mesa repleta de teléfonos, que un día recibieron llamadas para derribar muros y detener guerras frías, y no tan frías, preside la estancia. Estoy en un lugar histórico, respiro profundamente, dejo de ver la vida a través de mi objetivo y apago la cámara de fotos. Una mujer se impacienta y nos invita a continuar nuestro camino. La espectacular puesta en escena no se detiene ahí. Debajo de la aeronave, el visitante puede entrar en el helicóptero presidencial, o también llamado Marine One, y ver el coche de Reagan con su comitiva de Harley’s policiales.

Cojo un arbusto, un tanto seco, y lo lanzo sobre el polvo que cubre su lápida. Es mi ofrenda particular al hombre que nos hizo a todos ser un poco más libres. Un gigantesco trozo de muro, traído desde de Berlín, descansa junto a sus restos. Es una piedra pintarrajeada, es verdad, pero también es la mayor herencia que este hombre dejó a la humanidad. Recuerdo entonces a Juan Pablo II y a Mijaíl Gorbachov, y grito en silencio: ¡Gracias por acabar con el horror! Me despido de aquel lugar leyendo sus últimas palabras: “Estoy profundamente convencido de que el hombre es bueno, que lo correcto al final acabará triunfando y de que hay un sentido y un valor en la vida de todos y de cada uno”. Su sentido fue Mommy, su valor la libertad.

*A Nancy Reagan y a todas las grandes mujeres como ella, que con su abnegación permiten que haya hombres grandes.

Leer original en Mirada 21

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